El cielo llora por mí, una novela detectivesca y criminal

(Publicado en Reseñando el 1 de diciembre, 2008)

El cielo llora por mí (Alfaguara, 2008), el libro más reciente de Sergio Ramírez (Masatepe, 1942), es una novela de intrigas y aventuras detectivescas en donde dos inspectores de la Dirección de Investigación de Drogas (DID) de la Policía Nacional deben esclarecer un asesinato aparentemente vinculado al narcotráfico. En las hipótesis e investigaciones de este dúo y otros personajes el lector encontrará un retrato irónico pero fiel a los laberintos propios del poder y sus ramificaciones, retrato construido por Sergio Ramírez con su característica habilidad narrativa y rebosante en humor negro.

La novela inicia con el jefe nacional de Inteligencia de la DID, inspector Dolores Morales, procurando contactar a Bert Dixon, jefe de Inteligencia en Bluefields, quien le ha informado de la aparición de un yate abandonado en Laguna de Perlas, en el Caribe nicaragüense, “una ballena grande, muy elegante, abandonada cerca de la comunidad de Raitipura, en la desembocadura del caño Awas Tingi”. Entre los restos del yate que no fueron saqueados por los pobladores se encuentra una camiseta y tablillas de madera, ambas con manchas de sangre, y un libro, El cantor de tangos de Tomás Eloy Martínez; con estos elementos, más la posterior aparición de un cuerpo flotando en las riberas del río, los inspectores emprenden la búsqueda de los responsables.

El mundo al que se adentran Dolores Morales y Bert Dixon al llevar el caso del misterio de Laguna de Perlas no pertenece a un mundo fantástico ajeno a la Nicaragua real. Ramírez ha creado una Managua fiel a la cotidiana ubicándola temporalmente en cualquier año de finales de la década pasada, con sus calles, edificios, puntos de referencia y multiplicación de gasolineras. De ahí que la oficina de Dolores Morales esté ubicada en el tercer piso de Plaza El Sol (Plaza del Sol para Ramírez), “aquel edificio, un cubo de aluminio y vidrio que antes de la revolución había sido sede de una compañía de seguros”, instalaciones desde donde se divisa el Lago de Managua, los predios de la nueva Catedral con su techo asemejando un mar de tetas. La mayor parte de la acción se realiza en la capital por los lugares donde cualquiera de nosotros transita en un día normal: Carretera Sur, Carretera Norte, Villa Fontana, la Pista de la Resistencia, Rubenia e inevitablemente, donde ahora se pretende reconocer al nuevo centro de Managua, la Carretera a Masaya, espacio lleno de casinos, clubes, restaurantes y complejos comerciales. Esta ubicación temporal hace de El cielo llora por mí la novela más actual de Sergio Ramírez en términos de escenario, quien hasta ahora acostumbraba ubicar sus trabajos en la Nicaragua de vuelta y mediados del siglo pasado. Al mover la ubicación temporal el autor permite que el lector, independientemente de su edad, se relacione con el libro y sienta y siga la lectura del libro como en una secuencia cinematográfica, filmando a Dolores Morales y Bert Dixon saliendo de Plaza del Sol a Waspán o hacia Galerías Santo Domingo a encontrarse en Rostipollos con el capo Caupolicán, el sospechoso principal; a doña Sofía trabajando en un casino de la Carretera a Masaya o a Bert Dixon abordando un avión de Bluefields a Managua. ¿Pero qué sería de Managua sin sus personajes? Sin necesidad de usar los nombres propios para ciertos personajes, la novela también nos entrega pistas y hechos concretos de personalidades verídicas, por ejemplo, el retrato del presidente obeso o el personaje de La Monja, una inspectora de la Policía que resulta clave en el desenlace.

También merece especial atención el uso del lenguaje empleado por Ramírez para esta novela. Diferente a un lenguaje más barroco y elaborado de sus novelas anteriores, en El cielo llora por mí el autor hace uso de un lenguaje más directo y cotidiano, característica propia de la novela policial inaugurada por Dashiell Hammett, un lenguaje sencillo para mayor claridad, plausibilidad y convicción que, permitiendo la acción le impregna significado al implicar un carácter más humano y callejero. Esta experimentación de Ramírez permite poner de relieve el carácter y personalidad de cada personaje y los problemas inherentes a la conducta de éstos y del propio lector en la solución del crimen, porque a fin de cuentas, ¿qué es una novela policial que no convoque al lector a participar en la resolución del crimen? Una nueva experimentación que convierte a El cielo llora por mí en una novela policial (y más específicamente detectivesca) de eficacia incuestionable.

Es gratificante descubrir a un autor de la talla de Sergio Ramírez dedicado a una novela policial, especialmente en un país donde se pueden contar con los dedos de una mano la literatura de este tipo, siendo la más reciente, en mi opinión, La muerte de Acuario de Arquímedes González (2002). Por décadas, la literatura policial sufrió su propia historia de traiciones y rechazos. Hasta hace poco era considerada como un género de fácil escritura y popular, a la medida de un lector poco exigente que procuraba llenar sus momentos de ocio, distante de la literatura seria y de “high-art” defendida por los críticos. Afortunadamente para quienes disfrutamos de este género, en la actualidad el adjetivo policial ya no lleva intrínseco una calidad menor o deficiente sino, como en el arte general, es únicamente el creador quien limita o posibilita el valor artístico del producto. Es la novela policial la que más francamente pone de manifiesto los problemas actuales de la sociedad, al ser una suerte de espejo en el que se reflejan sus mayores defectos y la impotencia de las instituciones políticas y sociales que deberían velar por los ciudadanos. Con esta entrega, Ramírez aborda uno de los problemas más actuales en Nicaragua, el del narcotráfico, que permea no sólo a sus adictos sino a las más altas esferas sociales y corrompe al poder, por más que en años recientes –a pesar de los múltiples quiebres logrados por la Policía Nacional y el Ejército- a nivel gubernamental se ha tratado de maquillar la terrible presencia de este mal en suelo patrio. Se nos presenta una realidad nicaragüense que no es sólo nicaragüense, sino de cualquier país latinoamericano.

Ramírez detalló en un artículo publicado en Página12 en 2006, es decir, durante el período de gestación de este libro (2003-2008), a propósito de otra novela detectivesca (Abril rojo, Premio Alfaguara 2006), que “la investigación policial, en la medida en que se va completando, llega a convertirse en una verdadera parábola sobre el poder. (…) El poder, que ha sido siempre el elemento invasivo y perverso de la historia y de la realidad, esa mano de pintura negra indeleble que todo lo oscurece”. Lo mismo puede decirse del libro escrito por él, pues es precisamente el narcotráfico, poder de poderes en las propias palabras del autor, el monstruo al que deben enfrentarse los inspectores Dolores Morales y Bert Dixon, con la ayuda de quien, al menos bajo mi humilde opinión, constituye el tercer personaje angular en la riqueza y disfrute de El cielo llora por mí: doña Sofía, la afanadora de las instalaciones de la Policía Nacional y amiga del inspector Morales que, metiéndose donde no ha sido llamada, termina involucrándose de lleno en el misterio de Laguna de Perlas. Estos tres personajes son justamente un homenaje expreso de Ramírez a la labor hecha por nuestra Policía Nacional, “reconociendo que tenemos una policía muy pobre en Nicaragua, pero honrada, que es una de las cosas que se ha salvado de esta debacle”, confirmó el autor hace pocos días en un cable de prensa.

Si bien el propio Ramírez ha expresado que ésta es su primera incursión en este género literario, esto no es completamente verídico. Lo cierto es que buena parte de su obra ha guardado íntima relación con la novela policial, tomando prestados elementos característicos de ésta. Basta recordar su novela Castigo divino (1988) donde, a partir de un crimen (el envenenamiento de la esposa de Oliverio Castañeda, su anfitrión y la hija de éste a manos del mismo Castañeda), Ramírez deshilvana el misterio usando en su historia el proceso legal contra el imputado como columna vertebral, y cuya temática Nicasio Urbina, crítico nicaragüense, recuerda en un texto de inicios de la década pasada que “se engasta en la tradición de la novela policial y detectivesca, y no puede dejar de evocar las grandes novelas del género policial, desde Sir Arthur Conan Doyle y Émile Gaboriau, hasta Edward Wallace y Agatha Christie”. Similares tratamientos y préstamos encontramos en otras novelas (¿Te dio miedo la sangre?; Sombras nada más) y muchos de sus cuentos en donde se parte de un misterio, generalmente criminalesco, hacia un desenlace esclarecedor. Es decir, estamos frente a un autor que llega a su primera novela policial propiamente dicha con vasta experiencia a hombros.

Se suele decir que en la literatura policial el tratamiento del argumento (la solución del misterio) tiende a ser lo principal, y en El cielo llora por mí se cumple con creces (aún más allá de un desenlace un poco acelerado para mi gusto personal), pero lo más enriquecedor de esta novela es la acertada descripción de los personajes y de la propia Managua recreada por Ramírez, además de un lenguaje hábil para la voz narradora y aún mejor para los diálogos de los personajes, que sin lugar a dudas el lector disfrutará al sumergirse en la complicidad de resolverlo todo junto a Dolores Morales, Bert Dixon y doña Sofía.

Con esta novela, Sergio Ramírez cierra un 2008 muy fructífero, que antes le vio publicar cuatro títulos: Tambor olvidado (ensayo), Cuando todos hablamos (recopilación de su blog en elboomeran.com), Ómnibus (antología personal), Juego perfecto (recopilación de cuentos) y, ahora, El cielo llora por mí, una novela detectivesca en cuanto al género y, en el decir popular, definitivamente criminal por su calidad y sabor.

Publicado originalmente en Carátula #27.

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© Ulises Juárez Polanco v4 | JP, MD, y UJP | 388,434 visitas desde 21/09/2011
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